LA CASA DONDE SAN BALTASAR SIGUE CAMINANDO 

Cada 5 de enero, cuando el verano cae lento sobre Goya y la noche empieza a llenarse de murmullos, una casa del centro vuelve a transformarse en lugar sagrado. En la calle 9 de Julio 848, el hogar de la familia Piris abre sus puertas como lo hace desde hace más de setenta años, para recibir a San Baltasar, el Santo Cambá, portador de esperanza, fe y memoria.

La historia comenzó mucho antes de que alguien pudiera recordarla. Las imágenes que hoy se veneran —dicen— tienen cerca de cuatrocientos años. No se sabe con certeza por cuántas manos pasaron ni qué caminos recorrieron, hasta que un día encontraron descanso definitivo en esta familia. Fue a mediados del siglo pasado cuando Doña Dionisia Lucía Piris las recibió en sus propias manos y asumió, sin saberlo, una misión que marcaría a generaciones: ser la guardiana de los santos.

Desde entonces, cada enero se repite el mismo ritual. El castillo empieza a levantarse el 4, como un gesto de preparación y respeto. El 5 por la noche, la casa se llena de vecinos, música y rezos. No hay distinción: todos llegan con la misma intención, agradecer, pedir, acompañar.

La vigilia avanza entre danzas, chamamé y cantos que brotan del corazón. El aire se espesa de emoción cuando el reloj se acerca a la medianoche. Entonces ocurre lo esperado: las imágenes salen al encuentro del pueblo. San Baltasar, llevado por manos familiares, avanza lento, rodeado de palmas, lágrimas y sonrisas. El candombe marca el paso, como un latido antiguo que recuerda raíces africanas, resistencia y alegría compartida.

Con la llegada del 6 de enero, la celebración continúa. La palabra se comparte en comunidad, sencilla y profunda. Luego, el gesto que nunca falta: el almuerzo de fideos con salsa, promesa cumplida, ofrenda humilde que une a la familia y a los promeseros alrededor de una misma mesa.

No es solo una fiesta. Es una herencia viva. Es la historia de una familia que entendió que la fe se cuida compartiéndola, que la tradición se mantiene abriendo la puerta de casa. En Goya, San Baltasar no es recuerdo: camina cada enero, vuelve a salir al encuentro de su pueblo y deja, una vez más, su regalo de paz, amor y esperanza.