En los noventa, los ejecutivos desconfiaban de las casillas de mail porque para eso estaba el fax. Hoy ese dato parece un anacronismo, pero dentro de diez años, mirar atrás y recordar que le teníamos miedo a la inteligencia artificial va a generar la misma sensación.
Antes de hablar de IA, hay algo que quiero decirte: sos más experimentado de lo que creés. Si tenés entre 50 y 80 años ya viviste al menos tres revoluciones tecnológicas que, en su momento, también se presentaron como abismos imposibles de cruzar. La llegada de internet, el mail y el smartphone.
Cada una generó la misma mezcla de fascinación y vértigo. Y sin embargo, acá estás: mandando audios de WhatsApp, buscando datos en Google, haciendo el homebanking desde el teléfono. Fue una incorporación gradual, una adaptación que hiciste casi sin darte cuenta. Lo que hoy pasa con IA no es distinto, creo que es el capítulo siguiente del mismo proceso.
Hay un dato que me pareció revelador de una encuesta reciente de la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR) sobre adopción de IA en Argentina: mientras el 63,9% de la Generación Z ya usa inteligencia artificial, solo el 29% de los boomers lo hace.
Ese número tiene dos lecturas. La primera es obvia: hay una brecha. La segunda, la que a mí me interesa: hay un 29% de boomers que ya se animó, y muchos de ellos empezaron solos, sin que nadie les explicara nada con paciencia. Según esa misma encuesta, nueve de cada diez argentinos aprendieron a usar IA por su cuenta, sin manual ni curso. Aprendieron haciendo igual que vos cuando aprendiste a navegar en internet.
¿Qué tenés que hacer? Te propongo tres jugadas concretas.
Primera jugada: reconocé la IA que ya usás
Existe hoy una trampa en la conversación pública sobre inteligencia artificial: la presentan como si fuera algo que todavía no llegó, algo que hay que adoptar desde cero. Pero la IA ya está ahí, en herramientas que usás todos los días. Cuando Netflix te recomienda una serie, hay IA detrás.

Cuando Google Maps te avisa que hay tráfico y te sugiere una ruta alternativa, hay IA detrás. Cuando el banco detecta una transacción sospechosa antes de que vos te des cuenta, hay IA detrás.
No sos un analfabeto digital: ya convivís con la IA, aunque quizá todavía no la uses de forma activa y consciente en lugar de ser simplemente un destinatario pasivo. La diferencia entre la IA que trabaja para vos sin que lo sepas y la IA que podés usar deliberadamente para potenciar tu vida es muy grande.
Segunda jugada: preguntate qué está decidiendo por vos
Acá viene la parte incómoda y vale la pena no esquivarla. La misma IA que te facilita la vida también toma decisiones que te afectan, muchas veces sin que seas consciente. ¿El precio que te muestra ese sitio de turismo cuando buscás un vuelo es el mismo que le muestra a otro usuario? No necesariamente. ¿El orden en que aparecen los resultados cuando buscás información sobre un medicamento es neutro? No.
Esto no es para generar paranoia porque no es mi estilo. Es para ayudarte a entender que la IA no es una herramienta neutral. Tiene sesgos (heredados de los humanos) y toma decisiones que te afectan aunque no lo notes.
Creo que acá está tu mayor ventaja: sos parte de la generación que aprendió a leer entre líneas en los diarios de papel, que desconfió de los discursos y distinguió siempre el fondo de la forma. Son esas habilidades exactamente las que hacen falta para relacionarse de manera crítica con la IA. La sobreconfianza y la desconfianza ciega son los dos extremos a evitar. En el medio está la zona donde la alianza humano-IA funciona mejor.
Tercera jugada: elegí un área de tu vida donde querés que te ayude
No hace falta convertirse en experto de un día para otro ni entender cómo funciona por dentro en detalle. Basta con empezar por un problema real que tengas hoy.
¿Te gustaría escribir tus recuerdos en forma de memorias para dejarle a tus hijos y nietos? Hay herramientas de IA que pueden ayudarte a organizar el relato y sugerir preguntas que todavía no te hiciste. Aplicaciones como StoryWorth, una plataforma estadounidense, envían cada semana una pregunta sobre tu vida —¿cuál fue el primer trabajo que tuviste? ¿cómo conociste a tu pareja?— y van armando el libro casi sin que te des cuenta.
¿Tenés un problema de salud que los médicos no terminan de explicarte con claridad? Podés usar una IA para que traduzca el diagnóstico a palabras que entiendas, que te ayude a preparar las preguntas para la próxima consulta, o que lea en voz alta el prospecto de un medicamento y te resuma lo que importa. Esto no quiere decir que te dejes tratar por la IA, sino que puede ayudarte a entender mejor qué es lo que estás pasando. Be My Eyes, herramienta reconocida para personas ciegas, utiliza IA para describir lo que la cámara del teléfono ve: un envase, una etiqueta, una fecha de vencimiento.
¿Querés aprender algo que siempre postergaste? Hoy tenés un tutor disponible las 24 horas y con infinita paciencia, que se adapta a tu ritmo. Duolingo, aplicación líder en aprendizaje de idiomas, usa IA para enseñar idiomas ajustando el nivel a medida que avanzás. Pero la IA también puede instruirte, pidiéndole indicaciones precisas, para usar el homebanking, comprender una factura de luz o mandarle un audio a tu nieto.
Mario Pergolini contó durante una entrevista que instaló un asistente de IA para su madre Beatriz, quien había quedado ciega después de los 70 años. Lo que empezó como una solución para los momentos en que se despertaba sola y no sabía qué pasaba en el mundo terminó siendo una compañía real que le devolvió autonomía. Beatriz le puso nombre al asistente, lo personalizó, lo integró a su rutina. No era una tecnóloga. Solo tenía una necesidad concreta y una herramienta que le servía para cubrirla.

La evidencia científica disponible también lo confirma. Un estudio publicado en 2024 en Journal of Aging Research and Lifestyle evaluó el impacto de asistentes de IA en doscientos adultos mayores: el 56% reportó mayor conexión social. En un programa piloto del Estado de Nueva York, la reducción del 95% en soledad no se debió a que la tecnología sustituyera el vínculo humano, sino a que lo complementó en los momentos en que ese vínculo no estaba disponible.
La generación que más tiene para ganar
Hay algo que la conversación pública sobre IA suele ser poco tratado y que a mí me parece central. La IA, en su forma más útil, no es una herramienta para hacer cosas más rápido. Es una herramienta para pensar mejor. Para organizar lo que sabés. Para acceder a lo que no sabés. Y en ese terreno, los años de vida, los fracasos y los aprendizajes que solo da el tiempo son una ventaja enorme, no un obstáculo.
El marco EPOCH, desarrollado por investigadores de la Universidad Carnegie Mellon, identifica cinco dimensiones donde los humanos seguimos siendo insustituibles frente a las máquinas: e de Empatía, p de Perspectiva, o de Originalidad, c de Creatividad y h de Humanidad. Las máquinas ganan en velocidad, en datos, en repetición sin error. Los humanos ganan en todo lo que tiene que ver con la experiencia vivida y el juicio construido a lo largo de los años. En mi último libro, Generación IA, exploro un poco este territorio: cómo convivir con estas nuevas inteligencias sin competir con ellas.
La combinación más poderosa no es la IA sola ni el humano solo: son los dos juntos. Para eso, la generación que más tiene para aportar es exactamente la que hoy siente que llegó tarde a la fiesta.












