El monitoreo satelital de la NASA reveló la semana última una acumulación inusual de olas de agua cálida en el Pacífico, alertando sobre la inminente formación del fenómeno de El Niño y sus posibles efectos extremos a fines de 2026.
Sumado a eso, un reciente informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) refuerza la advertencia: existe un 90% de probabilidad de que El Niño regrese en el segundo semestre del año, con potencial para alcanzar una intensidad elevada. La comunidad científica internacional sigue de cerca los cambios en la dinámica oceánica y atmosférica global como parte de una vigilancia inédita para anticipar uno de los eventos climáticos más disruptivos del planeta.
El fenómeno de El Niño ocurre cada dos a siete años y consiste en el calentamiento anómalo de la superficie del mar en el Pacífico ecuatorial central y oriental, lo que produce alteraciones profundas en los vientos, las lluvias y las temperaturas en regiones distantes entre sí. La clave para predecir su aparición se encuentra en la observación detallada de la temperatura de la superficie y las capas profundas del océano, así como el comportamiento de los vientos y la presión atmosférica en ambos extremos del Pacífico.

El satélite Sentinel-6 Michael Freilich, lanzado en 2020 por la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) para el programa Copernicus de la Unión Europea, se consolidó como la herramienta central para el monitoreo global del nivel del mar. Cada 10 días, este instrumento mide la altura de la superficie oceánica con precisión milimétrica, permitiendo detectar señales tempranas del fenómeno a través del seguimiento de las llamadas olas Kelvin cálidas.
Estas olas se forman cuando los vientos del oeste, que normalmente soplan de este a oeste, invierten su dirección y debilitan el flujo habitual, favoreciendo el avance de aguas cálidas desde el Pacífico occidental hacia la costa de Sudamérica.
El desarrollo de El Niño: señales, anomalías y proyecciones

En los primeros meses de 2026, el Sentinel-6 detectó la formación de varias olas Kelvin, una de las cuales elevó el nivel del mar cerca de Perú más de 15 centímetros por encima del promedio histórico a mediados de mayo. Los científicos interpretan este dato como un fuerte indicio de que El Niño podría formarse en el último trimestre del año.
“Si bien el fenómeno de este año comenzó un poco más tarde que los grandes El Niño de 2015 y 1997, está empezando a alcanzarlos”, afirmó Josh Willis, investigador de la NASA y científico del proyecto Sentinel-6. El monitoreo satelital permite no solo registrar el avance de las olas cálidas, sino también anticipar el impacto potencial sobre el clima global.
El Niño se declara cuando varias olas Kelvin sucesivas permiten la acumulación de agua cálida cerca de Colombia, Ecuador y Perú durante varios meses. El aumento de la temperatura en la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial es el principal indicador: si la anomalía supera los +2 °C durante un periodo prolongado, los expertos hablan de un “super El Niño”. Solo tres episodios de esta magnitud se registraron desde 1950: 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016.
El análisis de la OMM y de agencias como la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) y el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF) coincide en la gravedad del escenario actual.

Las proyecciones de la NOAA estiman un 62% de probabilidad de desarrollo de El Niño entre junio y agosto, con posibilidad de intensificarse hacia el final de la temporada de huracanes. AccuWeather asigna un 15% de probabilidad de que el evento alcance la categoría de “intenso” en ese mismo lapso.
El ECMWF advierte que “el sistema climático actual, afectado por la acumulación de gases de efecto invernadero, podría no lograr disipar el calor generado por el fenómeno, lo que incrementaría el impacto global”. Sus modelos prevén anomalías de hasta 3,3 °C hacia septiembre.
Los datos del Sentinel-6 muestran cómo las olas Kelvin se desplazaron desde Micronesia a inicios de año y llegaron a la costa de Sudamérica a mediados de mayo, incrementando el nivel del mar y las temperaturas oceánicas.
“La NASA utiliza satélites de medición del nivel del mar, como el Sentinel-6 Michael Freilich, para rastrear las enormes olas de Kelvin a su paso por el Pacífico, registrar los cambios en la termodinámica oceánica, mejorar los pronósticos de fenómenos meteorológicos extremos y ayudar a las comunidades a prepararse para posibles riesgos costeros”, explicó Nadya Vinogradova Shiffer, científica principal del programa en la NASA.
La misión Sentinel-6 continuará con este legado cuando el satélite Sentinel-6B reemplace al Michael Freilich a fines de 2026.
Impactos globales y riesgos para Sudamérica

El Niño altera la circulación atmosférica global al modificar la corriente en chorro y las trayectorias de las tormentas. Esto se traduce en lluvias y nevadas intensas en algunos puntos y olas de calor y sequías en otros, según la intensidad del fenómeno. Eventos de menor magnitud, como los de 2018 y 2023, concentraron sus efectos en el Pacífico tropical, pero los “super El Niño” tienen consecuencias mucho más amplias, favoreciendo la sequía en África y las inundaciones en California.
“Cada fenómeno de El Niño es diferente”, afirmó Severine Fournier, investigadora del nivel del mar en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA y científica adjunta del proyecto Sentinel-6. “Pero casi siempre provocan un año caluroso y grandes cambios en las precipitaciones en algunas partes del mundo”.
La OMM advierte que el sudeste de Sudamérica —incluyendo el sur de Brasil, Paraguay, el norte y noreste de Argentina y Uruguay— podría enfrentar lluvias por encima de lo habitual, con riesgo de inundaciones, tormentas severas y deslizamientos. En contraste, el norte de Sudamérica, América Central y el noreste de Brasil quedarían expuestos a sequías o lluvias por debajo de lo normal. Para la industria pesquera, el “Niño Costero” en Perú y Ecuador suele asociarse a lluvias intensas, calentamiento del mar y afectación a la biodiversidad marina.
El Niño también influye en la actividad de huracanes: intensifica los ciclones en el Pacífico central y oriental, pero reduce su frecuencia en el Atlántico. Las consecuencias para la agricultura, el transporte y las economías regionales pueden sentirse durante meses o incluso años, dependiendo de la magnitud y duración del episodio.

La interacción entre El Niño y el cambio climático suma incertidumbre y amplifica los riesgos. “La ciencia no ha demostrado que el cambio climático aumente la frecuencia o la intensidad de los episodios de El Niño, pero lo que sí se sabe es que ambos pueden combinarse y amplificar sus impactos en términos de fenómenos meteorológicos extremos que su vez pueden originar desastres naturales”, subrayan los técnicos de la OMM. Un océano y una atmósfera más cálidos disponen de más energía para alimentar olas de calor, lluvias torrenciales e incendios forestales.
En Sudamérica, el ENSO (El Niño–Oscilación del Sur) es clave para el ciclo de lluvias, la humedad de los suelos y la productividad agrícola. Las proyecciones internacionales coinciden en que, si se consolida el escenario de “super El Niño”, la Cuenca del Plata y las zonas agrícolas del centro-este y noreste argentino podrían registrar un importante aumento de las precipitaciones durante la primavera y el verano austral.
Las áreas bajo mayor vigilancia incluyen Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, el norte de Buenos Aires, la Mesopotamia y la región chaqueña. Para la pesca, el “Niño Costero” en Perú y Ecuador representa lluvias intensas y calentamiento del mar, con impacto negativo en capturas y biodiversidad.
El cambio en el patrón de lluvias podría resultar positivo para zonas con sequía, permitiendo recuperar humedad en los suelos y mejorar las perspectivas agrícolas, pero también plantea riesgos de anegamientos, demoras logísticas y dificultades en la cosecha gruesa.
El comportamiento del Atlántico también puede limitar el aporte de humedad hacia el interior del continente, lo que refuerza la importancia de monitorear en tiempo real la evolución de las anomalías oceánicas. La vigilancia global sobre El Niño se apoya en herramientas satelitales, modelos climáticos y cooperación internacional. El cruce de datos de la NASA, la OMM, la NOAA y el ECMWF permite anticipar riesgos, mejorar la gestión de emergencias y adaptar la agricultura, la pesca y la infraestructura a escenarios cambiantes.
El fenómeno de El Niño, con su potencial para redefinir el clima mundial, será uno de los grandes protagonistas del cierre de 2026.












