Qué nos enseña la victoria de Lula

La remontada de Lula da Silva en el ballotage, que le dio un cuarto mandato, ofrece enseñanzas que los actores políticos argentinos deberían leer con atención. Estoy convencido de que hace falta un gran frente político-electoral que represente a la mayoría de los argentinos perjudicados por las políticas de Javier Milei. Ese frente tiene que poder vencer en las próximas elecciones a un gobierno que se está llevando puestos acuerdos básicos de nuestra democracia y que, a pesar del esfuerzo de amplios sectores de la sociedad, no está resolviendo los problemas de crecimiento.

Para lograrlo, todos los que lo integren deberían ceder algo. Unos deberían reforzar su compromiso con una macroeconomía ordenada, una política fiscal prudente y una moneda estable. Otros deberían aceptar que el sacrificio permanente de los de abajo no puede ser el único mecanismo de ajuste.

Frente a una derecha radicalizada que intentó asaltar las instituciones a principios de 2023, Lula construyó en 2022 —y repitió en 2026— una coalición amplia que iba de la centroderecha a la izquierda ambientalista. Además, le ofreció la vicepresidencia a Geraldo Alckmin, histórico gobernador de San Pablo y referente de la centroderecha.

El peso creciente de los tecno-oligarcas en la dinámica electoral es otro factor a mirar con suma atención. La campaña de Lula denunció a Meta por intentar interferir en la elección restringiendo sus contenidos. Con un presidente hecho por y para las redes, el dato no es menor: la gente tiene la última palabra, pero los algoritmos juegan su partido. Por eso es fundamental desarrollar capacidad de organización política mediante herramientas tecnológicas que no puedan ser sesgadas por esos grandes jugadores.

La ampliación de las bases partidarias garantizó la victoria electoral y el sostenimiento de la democracia en BrasilLa ampliación de las bases partidarias garantizó la victoria electoral y el sostenimiento de la democracia en Brasil

¿Puede importarse la fórmula Lula a la Argentina? Implicaría un acuerdo entre el campo nacional y popular y los sectores republicanos espantados por los atropellos institucionales y las políticas inequitativas de Milei. Sería un frente que dé voz a los cada vez más numerosos atacados por el gobierno: jubilados, universitarios, familias de personas con discapacidad, industriales, comerciantes y pymes que abarcan gran parte de nuestro aparato productivo, trabajadores que perdieron derechos y la comunidad LGTB.

Vienen de tradiciones distintas, pero desde 1983 han mostrado compromiso con el pluralismo y la disidencia. Eso contrasta con un presidente que hace de la violencia discursiva un recurso permanente. Quizás no coincidan en la interpretación sobre la historia política reciente o sobre los lineamientos que se deberían asumir en política exterior (que de todas maneras es imprescindible repensar en el mundo de hoy), pero sí en un sistema de salud moderno, universidades públicas como motor de inclusión, jubilaciones dignas, el fin del negacionismo ambiental, el valor de la ciencia pública y el abandono del odio como método de acumulación política.

Lula cedió, amplió su base y ganó, y ese triunfo fue también el de la democracia brasilera. Acá esa fórmula es posible: solo hay que mostrar disposición a ceder y dejar de lado las vanidades y los prejuicios.