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2 marzo, 2026, 17:33
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¿Se avecina una crisis financiera como la de 2008 por culpa de la IA?

Jamie Dimon, el CEO de JPMorgan, encendió la alarma el lunes. “Veo a un par de personas haciendo tonterías para generar ingresos netos por intereses”, dijo. Y reconoció un paralelismo actual con la antesala a la Gran Crisis Financiera de 2008. “Desafortunadamente, vimos esto en 2005, 2006 y 2007. Es prácticamente lo mismo: la marea creciente impulsó a todos (a cometer tonterías), todos ganaban muchísimo dinero”.

También el lunes, una firma de investigación, Citrini Research publicó un documento inquietante. Lo llamó La Gran Crisis Global de la Inteligencia de 2028. Planteó allí un escenario hipotético. Aclaró que no es una predicción. Un escenario catástrofe, por cierto, causado por el auge incesante de la inteligencia artificial (IA). El punto de partida es octubre 2026 con el índice S&P 500 merodeando 8 mil puntos (en la actualidad pugna por alcanzar los 7 mil desde fines de octubre, sin conseguirlo todavía). El desenlace, fechado en junio de 2028, culmina en un mercado bear brutal con una caída de 38% del S&P 500 y una tasa de desempleo de 10% (más del doble del 4,3% actual).

¿La razón?

La adopción generalizada de la IA y un bucle perverso que enlaza sus capacidades crecientes, el desplazamiento del factor trabajo, la caída de sus ingresos y la destrucción de la demanda. En cada giro de la historia, las empresas ajustan más – reemplazando empleo por IA – en aras de defender sus márgenes de rentabilidad y contribuyen a cavar la fosa más profundo.

¿Qué tan creíble es la hipótesis de Citrini? Se puede pensar en una multitud de fricciones que lograrían frenar la realimentación negativa que conduce a la crisis. Límites en la capacidad de cómputo y en la disponibilidad de energía podrían imponer costos crecientes a la expansión de la IA (y moderar la elasticidad de sustitución entre el trabajo y la IA). Sería esperable también la utilización activa de la política fiscal con fines de redistribución de ingresos, lo que evitaría el colapso de la demanda. Y desde ya, es previsible la multiplicación de nuevas necesidades y demandas a satisfacer, y el surgimiento de inéditas actividades rentables.

Pero, repitamos la pregunta: ¿Qué tan creíble es la hipótesis de la Gran Crisis de la Inteligencia? Wall Street se hundió el lunes como si le hubieran leído el destino mirando las líneas de la mano. Como si no hiciera falta esperar a 2028. Martes y miércoles recobró la compostura. Pero volvió a deprimirse hacia el final de la semana abrumada por el temor a la obsolescencia.

¿Desde cuándo Wall Street es adicta a la ciencia ficción?

Desde siempre. Las dos están unidas por la necesidad visceral de prever el futuro. Ambas anticipan. Ninguna es infalible. Pero Wall Street está sujeta a una restricción de presupuesto. No puede alucinar, y equivocarse una y otra vez, y no pagar la factura. De ahí, el océano que habitualmente las separa. Si no fuera por el vértigo que causa la aceleración de la IA, por la angustia que provoca haber abierto una Caja de Pandora, no habría punto de contacto. El ejercicio intelectual de Citrini hubiera pasado sin pena ni gloria. O ni siquiera se hubiese publicado.

Todo parecido con la vida real, sin embargo, no es mera coincidencia. Citrini enfatiza el impacto de la disrupción de la IA sobre el sistema financiero. Eso no es futurología, es predecir el presente. Ahí militan las tonterías que menciona Dimon. No es la primera vez que la plata dulce conduce a un final amargo. Pero, la IA supone un edulcorante de altas calorías. Ya el año pasado, después de las caídas de Tricolor Holdings y First Brands, Dimon alertó sobre los peligros que se incuban en la trastienda de los mercados financieros.

“Cuando uno ve una cucaracha (y entonces habían surgido dos) se debe pensar que hay muchas más”, señaló en octubre. Pero por más que se revisó, no aparecieron otras. Aunque se identificó un nido potencial: los mercados de private equity (capital privado) en plena ebullición detrás de una mámpara de opacidad.

De ahí proceden las nuevas cucarachas de los malos créditos. Diez días atrás, Blue Owl Capital, un administrador de activos alternativos, restringió los retiros de liquidez de su fondo de private equity dirigido a inversores minoristas.

El dardo de Dimon apunta allí sin ambages: “Siempre hay una sorpresa en un ciclo crediticio. Esta vez podría ser el sector de software, gracias a la IA”. Nadie desconoce el traspié de las cotizaciones de las compañías de software y servicios que cotizan en la Bolsa. La IA amenaza con la destrucción acelerada de su modelo de negocios (en especial, la fijación de precios). Medida por la evolución del fondo sectorial XSW, la caída, el último mes, es de 9,3%, y 20,2%, los últimos seis.

Si hay algo más incómodo que ser accionista hoy de las compañías de software es haberlas financiado, sobre todo a las que no tienen oferta pública. Y con un generoso apalancamiento. Esa es la situación que debe pilotear Blue Owl Capital (especializado en el segmento de tecnología) que ya comenzó a vender su cartera, a un descuento, para poder devolver los fondos a sus inversores. La tontería es evidente: colocar un producto de alto riesgo, sin mercado secundario regular ni fluido, a una clientela minorista. Y usar como anzuelo un instrumento que autoriza retiros periódicos y vende la ilusión de liquidez. Todo el espacio de los BDCs (los vehículos de inversión de capital cerrado que facilitan el acceso al crédito privado) sufre una súbita oleada de desconfianza, la reducción en el valor de sus activos y la presión de tener que recortar dividendos. Y sobre llovido, mojado. En Inglaterra, la intervención de Market Financial Services, un prestamista puente para la vivienda, abrió otro potencial frente conflictivo.

¿Qué tan graves son estas tonterías del crédito privado?

La opacidad del negocio dificulta saberlo. Lo más delicado es que la IA socava el valor del colateral de los préstamos y no hay manera de sopesar correctamente cuánto. UBS, el jueves, estimó un “peor” escenario donde las tasas de incumplimiento se disparan al 15% de los créditos por culpa de la disrupción que causa la IA (que es como citar la ira de Dios y tratar de mensurarla). En la duda, la Bolsa se cubre. El administrador de private equity que menos cae es Carlyle (24% desde los máximos). Blue Owl Capital, 60%. Hay un lote compacto – Apollo, Blackstone, Ares y KKR – que promedia una retracción de 43%. Quizás sea una exageración, pero el tiempo deberá demostrarlo. Todo bicho que se mueve hoy en el ámbito del private equity es a priori una cucaracha y va a parar al asador. Esta semana, la factura llegó también a los bancos de primera línea. JPMorgan bajó 3%; Bank of America y Morgan Stanley, en la franja entre 4% y 4,5%; y Goldman Sachs y Citigroup, 5% o más. El mensaje es nítido: la totalidad del sistema financiero – ya sean bancos formales o en las sombras – está bajo sospecha y sometido a escrutinio.

La estrella de la semana fueron los bonos del Tesoro. Dado el repentino viraje al modo risk-off (libre de riesgo), se los demandó como pan caliente a guisa de refugio. A diez años, las tasas largas se hundieron por debajo de 4%, lo que no se observaba desde octubre cuando se temía una corrección inminente en la Bolsa (que no sucedió). Que conste, los precios mayoristas subieron 0,5% en enero. Y, excluyendo alimentos y energía, 0,7%. No les importó. Tampoco los tambores de guerra que dispararon el precio del crudo. Los bonos saben lo que les espera: el cambio de guardia en la Fed y el aterrizaje de Kevin Warsh, el operador propuesto por Trump para que cumpla sus deseos. Ningún problema. Quizás sea otra tontería.

La Bolsa sufrió una mala semana, pero ninguna zozobra a pesar de las granadas de mano – el índice KBW cayó 5,9% – que estallaron en la banca. Jamie Dimon nos recordó la antesala de la Gran Crisis Financiera. Citrini Research imaginó la cocina de la Crisis Global de la Inteligencia. El índice S&P 500, que volvió a perforar la media de las 50 ruedas, no vaticina una crisis sistémica (en línea con lo que sugieren los credit default swaps). Operó en baja, pero cerró apenas a 1,4% de los récords. Eso sí, registró un ascenso notable del sentimiento bearish (a 39,8% versus un optimismo de 33,2%, según NAAIM). Y sumó una marcada reducción de la exposición de los managers profesionales de cartera (a 74.93%, el nivel más bajo desde mayo, conforme la AAII). Al navegar contracorriente, son dos importantes guardrails defensivos. Por último, los balances (y el “guidance” de las compañías) fluyen robustos e impecables (incluyendo el examen de Nvidia aprobado con creces). Pero, se sabe, su valor es relativo: la IA puede hacerlos trizas en un abrir y cerrar de ojos.

Nada más ilustrativo de los nuevos tiempos que la decisión de Jack Dorsey, cofundador de Twitter, anunciada el viernes. Su compañía actual, Block, despedirá a 40% de su personal y lo reemplazará por IA. La acción trepó 20% con la noticia. En otras palabras, es el argumento del papel de Citrini que entra en acción en la vida real. Está claro, entonces, que esta historia continuará. Y estamos avisados sobre la fragilidad emocional. No se teme una recesión, que es el bastión último del mercado bull. Pero se tiembla con cada zancada de la IA. Los inversores ya no se desesperan por conocer a los ganadores, sino a los van a perder la carrera. Los progresos de la IA dejaron de considerarse una panacea, y resuenan así como amenazas formidables. Y se sabe que no se detendrán.