Entre 1825 y 1828 las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio del Brasil se enfrentaron en una guerra en torno a la larga controversia por la posesión de la Banda Oriental y el predominio en el espacio rioplatense, la cual se remontaba a los comienzos mismos del asentamiento de España y Portugal en América del Sur, allá por los inicios del siglo XVI.
Para los portugueses, instalados en Brasil desde 1500, era fundamental controlar la Cuenca del Plata para fortalecer las comunicaciones internas del Brasil; alcanzar el Alto Perú y sus yacimientos de metales preciosos y llegar el océano Pacífico; para ello, era necesario ocupar el estratégico territorio de la Banda Oriental, guardián y custodio del Río de la Plata.
La controversia hispano-portuguesa se intensificó durante los siglos XVII y XVIII con los avances portugueses sobre las fronteras españolas del Plata. La creación del Virreinato del Río de la Plata (1777) permitió a España la defensa integral de la región rioplatense y del Atlántico Sur frente al avance de Portugal y del Reino Unido y contribuyó a fijar los límites hispano-portugueses.
Entre 1808 y 1821 la monarquía portuguesa residió en Río de Janeiro ante la invasión napoleónica a Portugal (1807). Desde el Brasil, los portugueses renovaron su histórica y persistente política expansionista, aprovechando la inestabilidad de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Entre 1811 y 1812 ocuparon la Banda Oriental para apoyar al gobierno español de Montevideo contra los revolucionarios de Buenos Aires.

Durante la guerra civil entre Buenos Aires y los caudillos federales del litoral (1815-1821), los portugueses invadieron la Banda Oriental (1816), tomaron Montevideo (1817) y transformaron aquel territorio en la Provincia Cisplatina (1821). El 7 de septiembre de 1822 Brasil se independizó de Portugal y mantuvo la ocupación de la Provincia Cisplatina y la política de expansión sobre el Plata.
Un grupo de 33 patriotas orientales que buscaba la liberación de su territorio se organizó en las Provincias Unidas del Río de la Plata con apoyo del gobierno. El 19 de abril de 1825 desembarcaron en la playa de la Agraciada, en territorio oriental, e iniciaron la heroica Gesta Libertadora de los 33 orientales.
El 25 de agosto de 1825 los orientales aprobaron las Leyes Fundamentales de Independencia respecto a Portugal y Brasil y de Unión a las Provincias Unidas del Río de la Plata, y afirmaron aquellas decisiones en el campo de batalla al derrotar a los brasileños en los combates de Rincón (24 de septiembre de 1825) y Sarandí (12 de octubre de 1825). Las Provincias Unidas incorporaron la Provincia Oriental el 25 de octubre de 1825.
El 10 de diciembre de 1825 el emperador del Brasil Pedro I declaró la guerra a las Provincias Unidas del Río de la Plata y el 21 de diciembre se impuso el bloqueo naval sobre puertos y costas del Plata. El 1 de enero de 1826 nuestro gobierno declaró la guerra al Imperio del Brasil.

El nuevo conflicto del Río de la Plata
El teatro de operaciones tuvo una fuerte dimensión naval, ya que el centro de la disputa era la Banda Oriental, un territorio clave para controlar el extenso y estratégico espacio rioplatense, rodeado por importantes ríos y adyacente al Atlántico Sur.
El Imperio del Brasil era potencia naval en Sudamérica. Su flota era poderosa y bien artillada, y se componía de unos 80 buques de distinto tipo. La Marina imperial poseía una sólida y ordenada administración, distintas dependencias navales, importantes arsenales, astilleros, una academia para formar oficiales y un cuerpo de infantería de marina. Sus bases en el Plata eran el Apostadero de Montevideo, Colonia del Sacramento y las islas de Martín García y Gorriti.
Por su parte, las Provincias Unidas del Río de la Plata eran incapaces de enfrentar de igual a igual a la poderosa Marina imperial, ya que prácticamente se carecía de Marina de Guerra. Nuestro gobierno debió formar un poder naval prácticamente desde la nada, y desplegó un gran esfuerzo económico y político para organizar una nueva escuadra.
Para comandar nuestra flamante fuerza naval, se designó una vez más a Guillermo Brown, nacido el 22 de junio de 1777 en Foxford (Irlanda), quien se hallaba instalado con su familia en Buenos Aires y que comerciaba en el Plata desde antes de la Revolución de Mayo. Era un marino experimentado y prestigioso. Había dirigido nuestra escuadra durante la decisiva campaña naval contra los realistas de Montevideo (1814) y comandó un crucero de corso contra los españoles en el Pacífico (1815-1816). Entre enero y julio de 1826 izó su insignia en la fragata “25 de Mayo”, listo para iniciar la guerra contra el Imperio del Brasil.
La estrategia de Brown apuntó a alejar lo más posible de nuestras costas a la línea de bloqueo; asegurar las comunicaciones navales para sostener las operaciones del Ejército Republicano en la Banda Oriental y hostilizar el comercio brasileño con una intensa guerra de corso e incursiones costeras.

Primeras acciones navales
Durante los primeros meses de la guerra, las acciones navales se concentraron en el Río de la Plata, cuya peligrosa y compleja navegación se convirtió en un auténtico desafío para todos los marinos rioplatenses e imperiales, incluso para el mismísimo y experimentado Guillermo Brown, debido a los numerosos bancos de arena y a los traicioneros fondos que hacían encallar con frecuencia a los buques.
En el primer semestre de 1826 se libraron los combates Punta Colares (9 de febrero), Banco Ortiz (2 de mayo), Balizas Exteriores (23 de mayo) y Rada Exterior (25 de mayo), al igual que se produjeron los dos fallidos ataques para ocupar Colonia del Sacramento (26 de febrero y el 1 de marzo) y los audaces golpes de mano sobre Montevideo para capturar poderosos buques de guerra brasileños.
Aquellas acciones, pese a las pérdidas humanas y materiales y a sus escasos resultados, le permitieron a Guillermo Brown, con una reducida pero activa y movediza escuadra, desafiar, sorprender, molestar y desgastar a la poderosa escuadra imperial brasileña y alterar su dispositivo de bloqueo. Por otra parte, allí también se apreció lo que sería una constante en la guerra: la escuadra de Brown enfrentando al enemigo en inferioridad numérica y de poder combativo.
Dos bravos jefes navales frente a frente en Los Pozos
Vistos los escasos resultados de las acciones anteriores, la conducción naval brasileña decidió efectuar un ataque directo y a fondo sobre Los Pozos para destruir, en un solo combate, a la pequeña y audaz escuadra de Guillermo Brown. El capitán de navío James Norton, uno de los más importantes jefes imperiales en el Río de la Plata, fue el responsable de concretar esa decisiva operación.
Los Pozos, situado al norte de la ciudad de Buenos Aires y frente al actual Puerto Nuevo (hoy zona de Retiro), era el tradicional fondeadero porteño que más utilizó la escuadra de Guillermo Brown durante la guerra contra el Imperio del Brasil. Debía su nombre al gran número de fosos y depresiones de diversa profundidad que presentaba su lecho irregular y variable, formado por un fango duro y sinuoso.
Se ingresaba a Los Pozos por un estrecho canal situado entre dos importantes bancos de arena (del Camarón y de la Ciudad). La navegación era muy peligrosa, ya que los buques encallaban y sufrían accidentes con frecuencia, y era prácticamente inaccesible para naves de gran calado. Era un punto estratégico de gran valor defensivo, y para aprovecharlo se necesitaba de un excelente y preciso conocimiento del Río de la Plata.
El 9 de junio de 1826 el capitán de navío James Norton concentró importantes fuerzas navales frente a Buenos Aires. Ante esa situación, Guillermo Brown reunió astutamente sus buques en Los Pozos en espera de los acontecimientos, convencido de que aquella maniobra del enemigo anticipaba una acción decisiva y de magnitud; cabe aclarar que nuestra escuadra, ya de por sí pequeña, se encontraba todavía más disminuida, pues parte de sus buques, al mando del capitán Leonardo Rosales, se hallaba escoltando transportes con tropas a la Banda Oriental.
El 10 de junio el capitán Norton se replegó con sus buques a Quilmes para cerrar los detalles de su operación: fue allí donde emitió su histórica y desafiante orden del día en la cual anunció que iba a atacar a nuestra fragmentada escuadra en su posición favorita (Los Pozos) y asestarle un golpe decisivo hasta reducirla a cenizas, aunque fuese a costa de los mayores sacrificios…
La fuerza naval brasileña que habría de atacar el fondeadero de Los Pozos era realmente poderosa. Se componía de tres divisiones, con un total de 31 buques de todo tipo (fragatas, corbetas, bergantines, goletas y cañoneras); 266 cañones y unos 2300 hombres. La insignia del capitán Norton era la fragata “Nichteroy”.
El capitán de navío James Norton era un jefe prestigioso, experimentado, valiente y de fuerte personalidad, nacido el 9 de junio de 1789 en Nottingham (Reino Unido). Había sido oficial de la Royal Navy y capitán mercante de la Compañía Británica de las Indias Orientales. En 1823 fue incorporado a la Marina del Imperio del Brasil. Intervino activamente en la guerra contra nuestro país: el 11 de abril de 1826 defendió frente a Montevideo a su buque insignia histórico, la fragata “Nichteroy”, del ataque de Brown; estuvo a cargo de las principales acciones de bloqueo y luchó en los combates de Banco Ortiz, Balizas Exteriores y Rada Exterior contra la escuadra de Guillermo Brown, de quien se convirtió en una suerte de adversario personal en aquellos primeros e intensos seis meses de guerra.
En su estratégico refugio de Los Pozos, Guillermo Brown contaba apenas con su insignia la fragata “25 de Mayo”; tres bergantines y seis cañoneras: solamente diez buques con un total de 102 cañones. Allí organizó una fuerte defensa naval, gracias a su gran experiencia mercante y militar, pues conocía muy bien el Río de la Plata y los secretos de su compleja navegación.
Brown acoderó sus buques para cerrar el canal por el que se llegaba al fondeadero de Los Pozos. Ese dispositivo tenía forma de medialuna, y constituía una pequeña pero sólida posición defensiva, a modo de muralla flotante, con los buques en fila apuntando todos los cañones de una de sus bandas listos para esperar y enfrentar al poderoso enemigo. Todo ello se complementaba y fortalecía con un gran conocimiento del teatro de operaciones y con un inteligente aprovechamiento de las posibilidades defensivas de sus peligros y obstáculos.
El inminente combate habría de librarse frente a la mismísima ciudad de Buenos Aires y a plena vista de su población. El 11 de junio de 1826, bien temprano, se observó a la imponente fuerza naval brasileña aproximándose a Los Pozos decidida a terminar, definitivamente, con la molesta escuadra de Brown. La situación era dramática, tanto por el escenario del combate, como por sus graves consecuencias: la destrucción de nuestra escuadra dejaría indefenso todo el frente costero del Plata; expondría a nuestra ciudad a una potencial ocupación y privaría de apoyo a las operaciones del Ejército Republicano en la Banda Oriental. Así, la suerte de la guerra no tardaría en volcarse a favor del Imperio el Brasil…
Unas 12.000 personas, con una mezcla de curiosidad, angustia y expectativa, se reunieron para presenciar tan particular y dramático espectáculo, en el cual estaba en juego, nada menos, que la suerte misma de la ciudad y de la guerra. Para ello, se distribuyeron en el Paseo de la Alameda (actual avenida Leandro N. Alem), en las barrancas de la costa y en las terrazas de los pocos edificios altos del centro de la capital porteña, que poseía una población total estimada en unos 60.000 habitantes.
Los 31 buques brasileños que comandaba el capitán James Norton se vieron forzados a ingresar al estrecho canal de acceso al fondeadero de Los Pozos en formación de línea de fila, debido a los grandes bancos de arena que bordeaban aquella vía. El avance fue lento y complicado por la cambiante meteorología y por los obstáculos que escondían aquellas hostiles aguas. Las corbetas remolcaron a las naves más pesadas y las lentas cañoneras quedaban retrasadas y aisladas. Algunos buques fondearon o vararon, y otros viraron y se alejaron para no encallar por su gran calado y la escasa profundidad. Esas maniobras desorganizaron la formación inicial y provocaron confusión entre los buques brasileños.
Los numerosos buques imperiales entraban a Los Pozos de a uno, lentamente, desorganizados y con una deficiente formación que solamente les permitía utilizar la escasa artillería de proa para enfrentar a una amplia muralla de cañones. Las naves brasileñas deberían combatir en inferioridad de condiciones y se terminarían convirtiendo en blancos vulnerables. La maniobra de Brown buscaba eliminar la superioridad de los brasileños y transformar nuestra debilidad en superioridad local.
Guillermo Brown había diseñado la estrategia correcta para elegir el lugar ideal donde combatir y atraer hacia allí al enemigo. Desde una fuerte y compacta posición defensiva, cerró el acceso al enemigo y lo esperó con serenidad y firmeza.
Durante el combate, algunos buques brasileños viraron ante la bajante de las aguas. El capitán Norton cambió tres veces su nave insignia ante el peligro de encallar y para continuar dirigiendo las operaciones. La formación brasileña se desmoronó, mientras que la escuadra acoderada de Brown se mantuvo unida y compacta.
Los buques al mando del capitán Rosales, que regresaban de escoltar tropas a la Banda Oriental, se incorporaron para ayudar en el combate e intercambiaron cañonazos con las naves imperiales, y seis cañoneras, dirigidas por Guillermo Brown en persona, atacaron a la mismísima fragata “Nichteroy” y a los restantes buques enemigos, que ya se hallaban en retirada. Los roles habían cambiado y los perseguidos se convertían en perseguidores. Finalmente, las divisiones del Imperio se retiraron hacia el sur, mientras que la escuadra de Brown fondeaba en Los Pozos.
El combate naval de Los Pozos tuvo un fuerte impacto emocional, ya que, con una escuadra muy pequeña, se logró contener y rechazar a un adversario enormemente superior, obligarlo a retirarse y salvar a la Capital del Plata de su eventual conquista. Los Pozos fortaleció moralmente a nuestra escuadra y contribuyó a la solidaridad espiritual de la población hacia su Marina de Guerra. Luego del combate, el fondeadero de Los Pozos y Buenos Aires nunca más sufrieron amenazas directas del Imperio durante el resto de la guerra.
En sus Memorias, Guillermo Brown señaló que “los sucesos probaron que una fuerza corta, pero compacta, dirigida por el genio y la energía, es superior a otra muy numerosa, pero destituida de ese espíritu. En la armada brasilera había oficiales de indudable bravura, pero que arrastrados por el desorden no tuvieron oportunidad de desplegar sus talentos o su valor”.
Los brasileños apostaron todo a su superioridad numérica y a su gran poder de fuego, pero descuidaron las características del teatro de operaciones. Los jefes navales imperiales reconocieron las dificultades para atacar a nuestra escuadra en Los Pozos por la escasa profundidad y los riesgos de encallar, y consideraron que lo mejor era bloquear distintos sectores de la Cuenca del Plata.
El capitán de navío James Norton comentó que “la táctica de Brown ha sido siempre la misma: maniobrar para llevarnos sobre los bancos, a fin de hacer encallar nuestros buques”; de Norton se “elogió su intrepidez, pero se le criticó su tendencia a intervenir en todo personalmente, y se lo destacó más como comandante de buque que como jefe de escuadra”. Uno de sus subordinados, el capitán de fragata Bartolomé Hayden, observó “la poca agua en que está anclada la escuadra enemiga, el conocimiento superior del río por parte de ésta y el gran calado de nuestros buques”.
Según los historiadores brasileños, el combate de Los Pozos fue una suerte de juego naval sin ningún resultado. También señalan que “el almirante Brown transformó ese inútil cañoneo en un reñido combate, diciendo que con fuerzas muy inferiores rechazó un ataque de los brasileños. El pueblo de Buenos Aires acudió a las playas para apreciar, asombrado, la temeridad del ataque. Fue debido únicamente al gran calado de nuestros buques que Argentina no tuvo que llorar la pérdida total de su escuadra”.
Un héroe popular y una histórica bandera
Al caer la tarde, Guillermo Brown desembarcó en la ciudad y fue aclamado con desbordante alegría por la población de Buenos Aires, que lo veía como su auténtico salvador. Recibió numerosas y cálidas felicitaciones y diversos agasajos y presentes del pueblo en general, del gobierno del presidente Bernardino Rivadavia y de las altas autoridades de Guerra y Marina. En la memorable jornada del 11 de junio de 1826, Guillermo Brown se convirtió en un auténtico héroe popular…
En julio de 1826 Brown recibió uno de los reconocimientos más importantes por su victoria en Los Pozos, cuando un grupo de distinguidas damas porteñas le obsequió una bandera de seda con los colores nacionales bordada por ellas, que poseía un particular escudo con la fecha “11 de Junio de 1826”. En solemne y emotiva ceremonia, doña Mariquita Sánchez de Thompson y de Mendeville entregó la bandera a Guillermo Brown, quien prometió que la misma “no vendrá abajo sino cuando se sumerja la nave que la tremole”. Esa bandera flameó en la fragata “25 de Mayo” y en el bergantín “República”, ambos buques insignia de Brown, durante los combates de Quilmes y Monte Santiago contra la escuadra imperial brasileña, a la vez que también cubrió los restos mortales del Almirante el día de su sepelio.
Aquella bandera pasó a la historia como la Bandera de Los Pozos, de la cual solamente se conserva su escudo, custodiado por el Museo Histórico Nacional. Dicha bandera se utilizó como estandarte de la Armada Argentina hasta 2015, y su famoso y particular escudo forma parte del emblema del Liceo Naval Militar Almirante Guillermo Brown. Por otra parte, cabe recordar también, que una calle de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires recuerda al memorable Combate de Los Pozos.
En cuanto a los jefes navales de la histórica jornada, Guillermo Brown tuvo una notable actuación en el resto de la guerra contra el Imperio del Brasil, comandó la escuadra de la Confederación Argentina durante los complejos conflictos en el Río de la Plata (1839-1851) y falleció en su histórica Casa Amarilla el 3 de marzo de 1857. James Norton siguió luchando durante la guerra contra nuestro país, fue inspector del Arsenal de Marina de Río de Janeiro, cumplió una misión a Nueva Zelanda (1834-1835) y falleció el 29 de agosto de 1835.
Sobre el Puerto Nuevo, en los últimos tramos de la avenida Leandro N. Alem en dirección a Retiro, el complejo de Catalinas, Puerto Madero, el Hotel Sheraton y Plaza San Martín, hace 200 años la escuadra del Almirante Guillermo Brown rechazó a una fuerza naval brasileña tres veces más poderosa en el memorable combate de Los Pozos, la acción que permitió salvar de la destrucción a nuestra reducida Marina de Guerra, proteger a la capital porteña de su posible caída y que consagró a nuestro máximo héroe naval como uno de los primeros héroes populares de la historia argentina.












